
Cuenta la leyenda que un día el dios del vino, Baco, se encontraba en el Olimpo celebrando una de las tantas reuniones que realizaban las deidades. Como ya sabemos, Teseo había abandonado a la bella Ariadna, pues Baco había exigido a este que la dejara libre. De modo que mientras se celebraban las bacanales en el Olimpo, y el coro ditirámbico entonaba sus melodías, Baco y Ariadna empujados por las flechas de Eros y bajo el influjo del vino y la pasión, partieron al jardín de las delicias. Estando allí, Baco quiso darle a probar a Ariadna unas exquisitas uvas cuyo jugo esparció por sus labios mientras los saboreó lentamente y le habló de su descendencia mitológica. Entretanto, Ariadna suspiraba sus silenciosos lamentos y le contaba cómo había tenido que sufrir los engaños de Teseo y los obstáculos que le ponía la bruja Hera. Baco tomaba cada vez más del poderoso vino para perderse en el laberinto de labios de su amada como si extrajera con la lengua ferozmente una agonizante ambrosía, Ariadna buscaba en el silencio las palabras que jamás volverían a ser dadas. En el fondo de su alma sabía lo engañoso que era el arte del discurso, pero tendría que besar a muchos Teseos para comprender por qué no debía creer en la grandilocuencia del lenguaje mágico de los dioses.
Pero de repente entró en el jardín una poderosa luz cuyo reflejo deslumbrante condujo a Baco a sumergirse en los brillantes ojos de Ariadna, en ese instante apareció la figura de Palas Atenea:
Atenea: Veo que te diviertes, Oh, Dios del vino, con el sabor de los labios de tu amada al probar el jugo de las uvas que está en ellos impregnado.
Baco: Así lo has dicho, hermana mía, tú, la bella Palas Atenea. No hay mejor esencia, mejor sabor, mejor líquido de amor que el de las ricas uvas con las que produzco el vino, bueno para el amor, la pasión y la locura, y sólo comparable con el beso de la bella doncella.
Ariadna: Por eso a ti te suplico, bella Palas Atenea, que con tu poderoso arco y tu disposición entera, conserves durante toda mi vida la mágica y rica esencia del vino en mis labios secos que mueren de amor y pena.
Palas Atenea: Diosa de la fertilidad, gran tejedora que con tu corona conformas la vía láctea, símbolo del tiempo, dulce Ariadna, ¿Cómo podría yo ayudarte para que quede en tus labios impregnado el exquisito jugo de las uvas? ¿A caso podrás vivir por siempre saboreando su esencia y entregándote a los brazos del valiente Baco, dios del vino y protector del arte?
Ariadna: Eso quisiera con gran apremio, mi fuerte diosa Palas Atenea, tú que me has protegido del Minotauro y no me desamparaste ni cuando Teseo me abandonó mientras yo, la diosa de la pureza, dormía en su dulce lecho. Tú misma podrás lograr, por medio de tu poderosa lanza, que aquellas uvas regadas por todo el bosque y sobre estos sauces dejen salir sus ácidos jugos y éstos se sumerjan en mi boca, recorriendo mis rojos labios y quedando allí su sabor impregnado por toda la eternidad.
Así pues, la bella Palas Atenea tomó su arco y emprendió una poderosa acción: múltiples racimos de uvas se regaron en el bosque y cayó una gran tormenta de jugo y vino, Ariadna quedó envuelta en dulce aroma, todo su cuerpo parecía producir la rica esencia. Esa noche Baco y Ariadna se amaron hasta el amanecer, Baco bajo los efectos del vino y atraído por los dientes de Ariadna, y ésta bajo las flechas de Eros y Afrodita. Pero pronto llegaría el Alba, más despiadada que nunca, para reafirmar lo desdichada que resulta la existencia incluso hasta en las más míticas historias, pues del preludio inmediatamente convertido en leyenda sólo pudo conocerse que pasaron varias lunas para que Ariadna por fin comprendiera que Baco continuaría festejando y bebiendo en las bacanales, perdiéndose en el amor con otras ninfas a quienes también abandonaría una vez superara el efecto del delicioso vino.
María del Pilar Ga.
(Fotografía, "Papilla estelar" de Remedios Varo)
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