sábado, 10 de diciembre de 2011

La única crónica de viaje que me dio por escribir


UBATÉ: CIUDAD FANTASMA


En la mañana del sábado de un 24 de Octubre, en medio de un congelador frío, de niebla y llovizna; me dirigí al municipio de Ubaté.
Carretera aparentemente despejada, apenas en los cerros se dilucidaban algunos leves rallos de sol; la flota de la empresa Reina me brindaba sus puertas abiertas para más adelante ofrecerme “deliciosas arepitas de maiz pelao”. No identifiqué qué clase de arepas eran estas, pensé en las de chócolo, en la arepa dulce, costeña, de queso. Preferí continuar con los ojos cerrados, escuchando la música del ipod que me indicaba cada vez que terminaba una canción, que el conductor y su acompañante escuchaban muy entretenidos un concierto en vivo de Jorge Celedón. Cuando ya íbamos saliendo de la ciudad, este mismo acompañante, que tenía un esfero sostenido en su oreja, se incorpora para recibir el dinero de los pasajes; saca un montón de billetes de su mano y con ellos da las vueltas. Siendo aproximadamente las 9 y 40 de la mañana, con un poco de sueño, mucho frío, algo de náuseas y muchas expectativas: me bajo de la flota ayudada por el acompañante que no sé si haciendo honor o promoción a la empresa de su flota me dirige una frase: “Adiós, reinita.”
Camino sin rumbo fijo, encuentro una plaza de mercado donde percibo el rico y fresco aroma de frutas; las observo; hay bananos, uvas, mamoncillos; muchas de estas frutas están podridas. Me producen cierta desconfianza y decido salir del sitio. Llego a una plaza más pequeña; ya por fin el sol empieza a salir y la niebla va desapareciendo; me siento feliz. Al llegar a esta pequeña plaza me atiende muy amablemente el tendero quien pregunta de manera humilde qué se me ofrece. En realidad, me surgen ganas de comer salpicón. Sin embargo, la desconfianza vuelve a mí y prefiero ir a una tienda o cigarrería por un chocorramo y unas papas fritas inmediatamente. Cruzo la calle y me llama la atención ver cómo los carros dan prioridad a los medios de transporte hornamentales que llevan leche, sin embargo, Ubaté a esa hora: 10 de la mañana, es un pueblo fantasma y frío, apenas empiezan a despertarse las personas que salen de las casas del pueblo para comprar el pan, el tamal o la leche, que muy seguramente utilizarán para hacer un calientísimo chocolate que pueda salvarlos de este frío salvaje. Y cuan importante es la leche allí, tan importante que Don Rogelio, visitante de la CIGARRERÍA “LOS TRES AMIGOS”, asegura con posición firme que “Ubaté es la capital lechera de Colombia”. Esto ya me ubica mejor, ahora sé por dónde empezar. Le pido que me explique el por qué de su idea. Don Rogelio (un hombre de 70 años aproximadamente, vestido de pantalones color negro, ruana blanca y sombrero claro) me cuenta que “en Ubaté se hizo el queso más grande del mundo”; abrí mis ojos sorprendida y le dirigí una sonrisa. Al llegar a casa, y con la duda sobre el queso más grande del mundo, investigué y realmente lo que Don Roger (como me pidió que le dijera) quería decirme era que en Ubaté se fabricó el queso más grande de América, el cual pesó más de una tonelada.

Una vez terminado el chocorramo y la gaseosa, me despido de Don Rogelio, prometiéndole que vendré en Agosto para las fiestas. Siendo ya las 11 de la mañana aproximadamente, entro en la Iglesia del pueblo, quizás una de las más bellas arquitecturas que haya visto en mi vida. Si debo decir que hubo algo que me gustó de Ubaté, no fue el chocorramo, ni el aroma a fruta descompuesta, ni el mal aliento de Don Rogelio, sino La Basílica de Ubaté. Una vez allí, al frente de la Iglesia; observándola casi sin poder creerlo, recuerdo todas esas fotografías de Catedrales góticas europeas que vimos en clase de Medieval, y pienso qué bella es su arquitectura y cómo una obra puede mejorar el aspecto físico hasta del más paupérrimo municipio.
De manera que, entro parsimoniosamente en el más absoluto silencio a ver sus monumentos y a orar, quizás para que haga sol, tal vez para que no me toque de pie en la flota de regreso.
Salí de la Basílica en tranquilidad absoluta para dirigirme a un museo fotográfico del cual ya me había informado previamente y que está ubicado en La casa de la cultura. Después de preguntar a una anciana con ruana negra dónde quedaba el lugar exactamente, llegué por fin, y más animada, pues había más gente y se acercaba la hora del almuerzo; observé algunas fotografías de Ubaté. Sentí cómo una sensación de asombro me embriagaba, no podía creer que el pueblo que yo observaba en las fotografías era el mismo que desde las 9 de la mañana yo habitaba. Tan legendario, tan histórico, tan frío, tan sobrio, lleno de imágenes, de personas con ruanas y sombreros. Ese pueblo que aparentaba ser algo que no es en las fotos, es el mismo Ubaté poco concurrido que visité.
Cuando me aburrí de las fotografías, interesantes en un principio pero finalmente soporíferas; salí como caballo desbocado a algún restaurante donde pudiese almorzar bueno, bonito y barato. Así que inmediatamente y sin pensarlo, entré al “Mesón del indio” donde comí el menú del día, mientras miraba el programa de chismes de la Negra Candela por un televisor que se encontraba colgado en la pared del restaurante. Unas cuantas moscas llegaron a mi mesa para incomodarme pero el generoso mesero me hizo el favor de espantarlas con un trapo que llevaba en el bolsillo del delantal donde igualmente guarda su libreta de apuntar almuerzos.
Siendo la 1 y media de la tarde, no tuve ganas para caminar más en aquel pueblo callado y lúgubre; al salir del “Mesón del indio” tal vez “mesón” por el tamaño de las mesas de madera donde se posan las moscas, e “indio”, por el coloquial refrán de: indio comido, indio ido; pensé que en realidad, sí que había comido. Entonces me pesaban las piernas; ¿a dónde dirigirme ahora si el sueño y la hipotermia se apoderaban de mi cuerpo? Por fortuna el mesero me regaló un dulcecito de coco como para pasar el seco. Sentí unas increíbles ansias de salir corriendo y tomar ya mismo una flota de regreso a Bogotá, pero no sería posible: el habitual aguacero inundó al pueblo húmedo, y yo estaba jodida. Así que decidí quedarme en el restaurante durante unos 15 minutos esperando que escampara. Cuando calmó la lluvia, caminé directo al Café Internet del pueblo; ya no sentía los dedos de los pies, pensé en que en algún rincón del pueblucho debía existir algún artesano hippie vendiendo guantes, ¿pero dónde encontrarlo? Mejor esperar a que saliera el sol nuevamente y mientras tanto revisar correo, facebook y hablar un ratico por msn. Qué Internet tan lento. “Señor, el Internet está lentísimo”, le digo al tipo del local que entretenido en su juego de carreras de automóviles, sin mirarme a la cara me contesta: “Pues ha de ser por el aguacero que se puso así”. Perfecto, no puede ser peor; me levanto indignada para abandonar por fin el pueblo y pago la media hora de Internet, aunque tanto el tipo de los juegos como yo, sabemos perfectamente que no debí pagar un centavo. “Fueron 1500$”, me dijo; e inmediatamente pensé “Aparte de todo me vio la cara de turista”. Y es que cómo pretendía que no me la viera si mi expresión de frío, desánimo y aburrimiento me delataba. Es inconcebible que los jóvenes ubatenses anden con camisetas mojándose por el pueblo y no tengan la misma cara que yo tenía cuando el frío y el ruidoso aguacero terminaron por arruinar mi día.
Cuando escampó por completo, caminé por la plaza central y me senté en una silla a ver las palomas picotear el maiz que los ancianos con ruana les regaban por el suelo. Y todo permanecía en absoluto silencio, tanto así que yo lograba escuchar los sonidos que emiten las palomas y que siempre he considerado desagradables. Saqué un pequeño librito de poemas de Whitman como para darle acción a la cosa, pero era tan impresionante el silencio que me asusté en el instante y preferí guardar el libro; debía salir del pueblo más callado de Colombia de inmediato, sinceramente por algún leve instante me acordé de lo que es hoy en día Armero: “No, ahora sí me largo.” Pero ¿dónde preguntar cuál es el sitio del cual salen flotas para Bogotá? Volví a entrar a la plaza y Doña María, dueña de un puestito de caldos de costilla y quesos, me dice que me dirija a “La legua”. Le agradezco con gratitud y me enternece tanto su gesto de amabilidad que decido comprar un pedazo de queso ubatense para probarlo, al fin y al cabo si Ubaté es la capital lechera del país, el queso debe ser muy rico, además yo no debería irme sin antes cerciorarme de la calidad de sus productos lácteos; así que un mordisco de queso y… no, gracias. Mejor le dejo a mi mamá.
Finalmente, llego a “La legua” a las 4 de la tarde aproximadamente, y me llama la atención la concentración de olor a gallina, mezclada con humo de buses, camiones de carga y sudor de conductores, vendedoras y viajeros. Yo sólo quiero irme ya. “Bogotá, Bogotá, Bogotá” grita un muchacho desde una flota sosteniéndose de la puerta. Corro y me subo en el acto; elijo el puesto más cómodo: al lado de la ventana; saco de mi mochila el i-pod, y después de unos minutos de espera, arranca el bus rumbo a mi ciudad: la ruidosa Bogotá. Pero ¿qué pasa que aún saliendo del pueblo persiste el olor a gallina, y cada vez se hace más intenso? No me había dado cuenta: una señora de ruana y sombrero, lleva en una caja algo que no para de moverse ahí adentro, que expide un olor hediondo, y que en el momento en que su marido levanta la caja como intentando calmar al extraño objeto, empieza a emitir bulliciosos sonidos. Volteo la cara con expresión de asco. La señora intenta callar a la gallina, y yo por mi parte me despido entre una mezcla de mal genio y alegría del pueblo que me salió en el sorteo, ese al cual no creo que vuelva: tierra de ruanas, sombreros, quesos, gallinas, iglesias, frío y silencio: Ubaté.

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